Siempre que llega el año nuevo, nos proponemos metas. Tengo amigos que le llaman "resoluciones". Son esos pequeños o grandes planes que se trazan para intentar cumplirse en un tiempo determinado. Muchos, incluso, se tienen que realizar en el primer mes del nuevo año. Hay que comenzar a ir al gym, respetar la dieta, acercarse a los seres queridos, aprobar esa materia que costó estudiar el año anterior, viajar a cierto lugar, pedir perdón, arrepentirse, etc. Lo que yo siempre me pregunté fue ¿Quién se hace esas propuestas? ¿Lo hago yo porque tengo la certeza de que es lo que quiero? ¿O lo hace una versión de mí que procura finalmente escuchar lo que la gente me decía? Sea cual sea la respuesta, lo importante es lo que sucede cuando ponemos en ejecución los planes.
He visto gente que entrena en los calores más agobiantes del verano, y otros que, de repente, tienen a la familia más adorable del universo. La voluntad de cambiar es loable, pero si no es sincera, nos enfrentamos a la misma encrucijada de todos los años. Frustrarnos en Febrero por habernos fallado a nosotros mismos una vez más. ¡Cuántas ganas de cargarnos mochilas!
Antes de pensar en lo que queremos hacer, sería conveniente optar por terminar lo empezado. Mi mamá siempre dice que el año nuevo se empieza sin deudas, y son esas cosas inconclusas las deudas que arrastramos. Lo ideal, en todo caso, no es dedicarnos a hacer, deshacer, crear o destruir durante el año nuevo, sino cerrar el año saliente como corresponde. Estas propuestas de perdonar, decir "te quiero" o incluso ir al gym ¿No sería mejor iniciarlas en diciembre? ¿Por qué sobrecargarnos el primer mes del año? Qué lindo sería brindar con aquellos con los que me distancié, abrazar a quien quiero más que como amigo, saludar a un familiar que no vi en todo el año.
Si realmente creemos en la frase "año nuevo, vida nueva", lo mínimo que podemos hacer es dejar atrás la vida vieja. Que el año saliente se vaya con todo culminado, y que el nuevo nos sorprenda.

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